No sin cierta nostalgia dejamos atrás una de las ermitas emblemáticas de esa Chiclana definitivamente desaparecida. Sólo permanece su recuerdo en la lápida dedicada a los caminantes colocada sobre la puerta principal y la venerada imagen de la Virgen de la Soledad. No se nos escapa que una reproducción a escala de la fechada original introduciría un elemento de recuperación de su antigua identidad.
Nos acercamos al último bastión francés, al curioso Cerro de San Cristóbal que acecha y divisa la línea de fuego y frontera del Caño de Sancti-Petri. La cercanía de La Isla se hace patente, así como la vista de la Iglesia Mayor y Santa Ana cuando te vuelves. En el Cerro de Sta. Cruz, por ser un enclave paisajístico y de mayor altura, puede adecuarse un mirador, semejante a los “puntos mágicos” ya existentes, dedicado al francés más culto que llegó a nuestra villa con el ejército invasor y que describiera magistralmente la Chiclana de la época desde el punto de vista del invasor, complementario al de Frasquita Larrea: Antoine L. A. Fée (1789-1874), futuro catedrático de botánica en Estrasburgo.
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