Marco histórico: del siglo XIX al XXI

Hoy ya no vivimos en un pueblo, Chiclana se halla profundamente integrada en una Área Metropolitana. Asistimos a fenómenos de crecimiento urbano considerables. Cosa de los tiempos contemporáneos que se inauguraron a fines del s. XVIII.

Aquí, a trancas y barrancas, se efectuaron los cambios que conllevaron la desaparición del Antiguo Régimen. El golpe de estado del joven Fernando VII destronando a su padre Carlos IV habla ya de nuevas realidades políticas: golpes de estado que llevan a militares al poder, revoluciones, declaración de los Derechos Humanos, independencia de colonias, república frente a monarquía, nuevos golpes a la Iglesia e Inquisición, industrialización y paulatino trasvase de población del campo a la ciudad. Se derribarán las murallas medievales que las aprisionaban entre la insalubridad y el hacinamiento… y, cómo no, haciéndose palpable, ya desde principios del siglo XIX, el llamativo nerviosismo de la gente que en ellas viven.

Durante este periodo, la España Imperial, quedó reducida a potencia de segundo orden, prácticamente no levantando cabeza hasta la muerte del último dictador. El que hoy podamos plantearnos la culminación de las torres de la Iglesia Mayor no es sino sinónimo de que hemos vuelto a coger el pulso que perdimos hace 200 años, sin que con ello pretendamos afirmar la idoneidad del proyecto.

El siglo XIX comenzó mal. La fiebre amarilla de 1800 y 1804 hizo mella en su población, murieron miles de personas en la comarca. Tras la epidemia, en 1805, la gran riada del Iro y el desastre de Trafalgar. Hace 200 años se produjo la invasión del ejército napoleónico que para algunos españoles fue un ejército liberador. Chiclana quedó apenas sin defensas, sin alimentos, vendida, demasiado cerca del frente de guerra establecido en la barrera natural que supuso el Caño de Sancti-Petri. El Castillo de la Villa fue en parte derruido; la Iglesia Mayor inconclusa sirvió de caballerizas, el convento de los Agustinos, exclaustrados los frailes, fue reconvertido en Ayuntamiento y las casas de los notables gaditanos obligadas a dar cobijo a la jerarquía del ejército invasor. Sólo en los caminos se apreciaba una resistencia activa, dándose el caso curioso de que morían siempre más franceses asesinados en los días de levante. A sus afueras se instalaron grandes campamentos militares, las crónicas refieren que hasta ajardinados, precisando además de la apertura de numerosas tabernas. Y hasta corridas de toros pidieron los galos; mientras tanto, los pobres morían de hambre.

La fecha de 5 de marzo de 1811 supuso el más serio intento de romper el asedio de Cádiz, pero no se consiguió y hubo de pagarse el alto precio de 3000 vidas. Una victoria pírrica pues, los franceses, no sólo no se fueron sino que además se fortificaron. Cádiz resistió gracias a la presencia del accidental aliado inglés. Sin ellos la historia se contaría de manera muy diferente: ¡Mala cosa cuando Caperucita subsiste gracias a las atenciones del Lobo! Apenas diez años después los franceses entrarían en Cádiz para ocuparlo durante cinco años; el rey Fernando, ya no muy “deseado”, volvía a las andadas. Algunos, a toro pasado, opinan que ojalá se hubiese quedado José I con la corona.

Hoy de nuevo, el nacionalismo español vuelve a ser constitucionalista. Estamos en el mismo punto de partida y, tras 30 años de desarrollo continuado, al fin parece que conseguimos superar el atraso. El progreso llamó a nuestras puertas en coincidencia con la restauración borbónica de Juan Carlos I, tal como sucediese con Alfonso XII. Ciertamente Chiclana no ha parado de crecer, pero hay que reconocer que este último crecimiento no ha sido precisamente muy armónico. Efemérides como las que vamos a celebrar, junto a los desastres naturales ocasionados por las riadas, así como el referido crecimiento urbanístico, han provocado notables cicatrices en su trama urbana, por no hablar de lo sucedido en su medio rural. Tras 200 tumultuosos años no es mal momento para mirarnos en el espejo, repensarnos, enmendar errores y, desde el respeto a la pluralidad de opiniones, buscar la armonía perdida que dé razón de nuestra identidad histórica y restaure nuestra autoestima colectiva, algo que nunca viene mal.

Los dos bicentenarios que tenemos en puertas -2011 y 2013- presuponen 5 años de trabajos guiados por el afán de colmar nuestros débitos culturales, históricos, literarios y, cómo no, también urbanísticos y medioambientales. La apuesta por la integración y la armonía no es baladí para un municipio interesado en proponer la imagen turística más atractiva de sí mismo. Es hora de marcar sus grandes ejes histórico-arquitectónicos hoy desdibujados, carentes de integración y de visión de conjunto.

Chiclana, dado que nuestra capital no va a volver a ser la misma tras la celebración de las efemérides de la Constitución de 1812, tiene el pretexto perfecto para proponer actuaciones que busquen consolidar, restituir y preservar nuestras riquezas. Como apuntan las tendencias, el turismo no se va a contentar sólo con sol y playa. El fomento de la economía cultural se impone por tanto como una necesidad imprescindible. Un escenario histórico oculto, como el promontorio que dio origen a nuestra ciudad, plastificado, amputado y con materiales y aspecto de urbanización recién construida -como le ha sucedido al sitio doblemente histórico de la Casa del Coto San José, a la ermita de la Soledad, a la fachada de la Iglesia del Hospital, a la techumbre del Convento de Jesús Nazareno, a la Plaza Mayor… - no es buen reclamo y desconcierta al forastero, al final la referencia ha pasado a ser el “Puente Azul”. Claro que no podemos quedarnos sólo en lo histórico, pero sin un anclaje histórico-paisajístico toda nuestra riqueza humana será presentada en un escenario como amnésico y vulgar. Dirán que fue un emplazamiento magnífico pero que sus habitantes, carentes de respeto y de visión de futuro, se encargaron de afearlo dándole una apariencia caótica. No en vano tenemos el nada grato galardón, junto a Algeciras, de ser los centros históricos más destruidos de la Provincia. Lo lamentable sólo resulta asumible si de una vez por todas se frena el deterioro, pero no basta con eso.
Hay que avanzar.

Con recuperar a García Gutiérrez ya le damos a nuestras celebraciones una dimensión cultural de resonancia internacional a poco que nos esforcemos. Verdi también nació en 1813 y por tanto se impone estrechar lazos con Roncole-Busseto (Italia) cuna del compositor de la música de Il Trovatore y Simón Bocanegra. Dos óperas que tenemos la obligación de presenciar en nuestra ciudad por vez primera. ¿En la Plaza Mayor o en un gran teatro? Una biblioteca arropando al genial chiclanero y proyectándose al futuro como Centro de Estudios de Teatro Contemporáneo, requiere el adecentamiento de su casa natal, la publicación nunca realizada de sus obras completas, la representación de, al menos, sus más aplaudidas obras dramáticas y que un congreso marque el comienzo de la restauración intelectual de la más genial de nuestras figuras contemporáneas locales. Personajes como Paquiro, Frasquita Larrea, Alcalá Galiano, Mendizábal, Cecilia y Nicolás Böhl de Faber, el Magistral Cabrera u otros menos conocidos como José María López, o el mismo Van Halen, no pueden quedar al margen.

Una puesta a punto no vendrá nada mal. Las generaciones futuras nos lo agradecerán. No deja de ser interesante que un destino turístico pueda presentarse como ciudad de historia y cultura literaria, de vino y toreros, flamenca y salinera, balnearia y marinera.

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  1. Por La web en Bicentenario de Chiclana 2011-2013 en 3 Julio 2009 a las 16:50

    [...] Marco Histórico: del siglo XIX al XXI [...]

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